Posted by on agosto 22, 2017

Leído en El Mundo el 19 ago. 2017 por Agnese Marra: http://www.elmundo.es/cronica/2017/08/19/5990900f268e3e2e628b45cc.html

Instante de las clases de guitarra que reciben los niños en el refugio en que se ha convertido esta escuela, en Río de Janeiro LEAOZINHO / DANIEL SAMMY
  • Cómo las guitarras españolas enviadas desde Madrid a una favela de Río por una periodista de Radio 3 cambian la vida a 200 niños
  • Algunas son donaciones de músicos como De Pedro, Love ove of Lesbian, Amaral…
  • “La guitarra es como una bomba que tiene una onda expansiva infinita”, dice él

 

“Tío, tío, mira lo que hago”, grita Carlinhos mientras aporrea una guitarra que le dobla en tamaño. Las gemelas Emily y Agatha ignoran al renacuajo y miran absortas la partitura intentando atinar con sus pequeños dedos en la cuerda adecuada. Amanda resopla, se levanta y se vuelve a sentar, espera que los más pequeños terminen para poder hacerse con su instrumento. Tiene nueve años pero cuando abraza el “violão“, se hace grande.

Es viernes, son las 17.20 horas de la tarde en el barrio de Ramos, zona norte de Río de Janeiro. Adentro, en el centro cultural Asbepe, acaban de empezar las clases gratuitas de guitarra que ofrece Leãozinho, un proyecto montado por dos españoles que a través de la música ayuda a niños de las favelas. El “tío” que decía Carlinhos -así llaman los críos brasileños a los adultos- es el profesor de música y en realidad tiene nombre de cometa: se llama Halley.

Afuera comienza a anochecer, el pagode -un tipo de samba- resuena en toda la calle. Cuatro jóvenes se agolpan en la esquina del bar con sus latas de cerveza Skol. Beben, ríen y observan. Estamos al otro lado de La Maré, la favela que bordea la avenida Brasil como si se tratara de un mar de chabolas que desemboca en una orilla de asfalto. A este lado está Ramos, una frontera de transición, rodeada de edificios abandonados, calles estrechas y basura en el suelo.

Halley canta una canción de Cássia Aller -una roquera nacional- y las siete niñas y los tres niños intentan seguirle con sus guitarras. Matheus (nueve años) se recuesta sobre el instrumento como si fuera su casa -“Es uno de los mejores”, nos dirá después el profesor-. Las gemelas van desacompasadas y Amanda, muy concentrada, sigue la melodía. Pero lo que sucede en esa sala no sólo tiene que ver con música. En ese espacio de cinco metros cuadrados, una pared pintada de grafiti y siete guitarras colgando, se encuentra un refugio. Una oportunidad. Altas dosis de confianza, y a veces la merienda que nunca les sirven en casa.

“La guitarra es como una bomba que tiene una onda expansiva infinita. El instrumento les ofrece un hábito, un entretenimiento, la responsabilidad de cuidarlo, la idea de formar parte de una cadena”, dice a Crónica Ángel Carmona, periodista de Radio 3, músico y uno de los creadores de Leaozinho junto con su amiga Nuria Dillán: “Sin ella no habría sido posible el proyecto, que quede claro”, insiste.

Carmona llegó a Río de Janeiro en 2011. La ciudad que había conocido a los 14 años gracias al disco En La Fusa de Vinicius de Moraes ahora tenía la melodía del funky “de los ruidos de la favela, de las máquinas tragaperras de los bares”, afirma el periodista. Llegó como voluntario a Parada de Lucas para enseñar informática en un centro cultural para niños de la favela. Consciente de que ese no era su fuerte, se llevó consigo un par de guitarras, como quien lleva unos clínex por si se resfría. No le faltaron alumnos. Del primero recuerda su puntualidad -rara en los cariocas- y las ganas: “Le enseñé un par de acordes para que se divirtiera. Al día siguiente volvió a las 10 de la mañana para aprender más. Estaba emocionado”.

También están Ester y la primera vez que cogió una guitarra -“puro ritmo”-, y la historia de Jabson, un niño muy tímido y solitario que de tan buen alumno se convirtió en profesor y hoy es músico profesional, una proeza en un lugar en que las armas y el tráfico se veneran tanto como las iglesias evangélicas. “No sabemos quiénes son hijos de traficantes y quiénes son tan sólo gente muy humilde. Lo que nos importa es que con la guitarra puedan tener otro futuro“, subraya Carmona.

 

Fueron únicamente tres semanas. Lo suficiente para que Ángel y Nuria decidieran que había que mantener la fórmula mágica de la guitarra como “herramienta para abrir horizontes”. Volvieron a España y dejaron un dinero ahorrado para que otros profesores continuaran la tarea. Comenzaba Leaozinho. El nombre, un homenaje a uno de los clásicos de Caetano Veloso, otro de los padrinos del proyecto.

 

Las estrellas

Tienen un total de 28 guitarras made in Spain. Las diez primeras las donó Gibson: “Para ellos era como enviar Lamborghinis”, dice el presentador de Radio 3. En Brasil la guitarra más barata cuesta 200 euros -tres cuartos de un salario mínimo-, más de lo que ganan muchas de las familias que llevan a sus hijos a Leaozinho. Las otras 18 fueron donaciones: “Gracias a mi trabajo conseguí que algunos músicos nos regalaran las suyas”. Carmona también comenzó a montar conciertos benéficos para recaudar dinero para el proyecto. Amaral, Love of Lesbian o De Pedro fueron algunas de las estrellas generosas.

Matheus (12 años) se quedó impresionado el día que vio tocar a De Pedro. El músico Jairo Zavala viajó con Carmona y con otras 12 guitarras para conocer el proyecto. Les dio clase, tocó y dejó una de las suyas. Este niño hoy es uno de los más avanzados y, gracias a la guitarroteca -el sistema de préstamo de guitarras que ofrece el proyecto-, todos los días puede practicar en casa.

En los cinco años de Leaozinho han pasado por allí más de 200 chavales. Ángel y Nuria han viajado seis veces y en cada travesía van con alguna guitarra bajo el brazo. La última llegó el pasado marzo, donación de Gorka Urbizu, de Berritxarrrak.

Hace dos años les robaron 12 instrumentos y poco después los traficantes invadieron el centro cultural porque estaba en un lugar estratégico. Tocó cambiar de sede. Ahora la coordinadora del proyecto es Estefanía Lucas, mientras que Halley consigue que en un mes aprendan varias canciones con un método que parece de anuncio de clases de inglés: “Lo importante es que se sientan capaces de tocar, que confíen en sí mismos y tengan alternativas al mundo del crimen“, nos dice el profesor.

Estefanía sabe que varios de sus alumnos tienen padres alcohólicos o enganchados al crack. Otros simplemente no consiguen comer tres veces al día. Luego están los que fueron abandonados y los crían sus tías o abuelas. Pero esta mujerona que hace de coordinadora y mamá a la vez prefiere no preguntar por sus orígenes: “Aquí son niños como cualquier otro, se divierten, se sienten útiles y al menos no juegan a narcos y policías“. Carlinhos, que es sin duda el rebelde de la clase, sigue aporreando la guitarra. Nos mira y grita: “¡Rock and rolllll!“.

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